Luz en la oscuridad

Helen Keller y Anne Sullivan. 1888

Helen Adams Keller (Alabama, 1880 – Connecticut, 1968) fue una escritora, licenciada en artes, oradora y filántropa estadounidense.

Se afilió al Partido Socialista en 1905, comenzando así un intenso activismo político. Formó parte del sindicato Industrial Workers of the World, en cuyas publicaciones dejó innumerables artículos, en los cuales se mostró a favor del sufragio femenino, de la no entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial o de la revolución rusa y la de figura de Lenin. En 1920 cofundó la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles y comenzó a dar conferencias, actividad que mantendría hasta el final de su vida.

Defendió el feminismo, el antimilitarismo y el pacifismo. Participó en organizaciones antirracistas y trabajó incansablemente a favor de los derechos de las personas con discapacidad.

Helen Adams Keller era sordociega de nacimiento. Aprendió a comunicarse con el deletreo de las palabras en su mano. Su profesora y mentora, Anne Sullivan, le ayudó a traer luz a las tinieblas. Anne Sullivan tenía también discapacidad visual graduada.

Entre ambas se valieron.

Receta infalible para escribir historias diversas

Si usted ha visto medrar en su interior la ilusión de ser escritor pero siempre anda diciendo, ¡es que no se me ocurre nada!, debe saber que hay una receta infalible para escribir historias diversas. Solo tiene que seguir los pasos que se enumeran a continuación. Así que, si usted tiene la ilusión de ser escritor pero siempre anda diciendo, ¡es que no se me ocurre nada!, sepa que ahora ya no tiene excusa.

Lo primero que ha de hacer es el trabajo de campo. Pues nada, ¡sencillísimo!, tome un cesto bien grande, caja o bolsa no valen, y vaya al campo.

Una vez haya llegado métase en un prado donde encuentre vacas o becerras, lo mismo da, y recójale el brillo de los ojos. Métalos en la cesta.

Siga caminando. Busque una oveja o una cabra, si no las encuentra también puede valer un puerco. Cuando tenga al animal localizado proceda a extraerle el movimiento insinuante, si es cabra o oveja, o torpón, si solo da con un cerdo, del culo. Métalo en la cesta.

Camine hasta un soto y recoja la caída de las hojas del otoño, el tacto de las bellotas de los robles, el olor de la mierda de las lechuzas, el brillo del sol entre las hojas y el arruar de un jabalí. ¡Las setas ni las toque!, que no le harán falta. Además, pueden ser venenosas. Recuerde que quiere ser usted escritor. Lo más probable es que no sepa nada más de la vida que hacer el pinga con sus pajas mentales y quejarse luego porque nadie le hace caso en internet.

Abandone el soto y acérquese a una aldea. Aproveche el camino para recolectar el sabor de los chupamieles de los muros, si no luego tendrá que dar la vuelta.

Cuando llegue a la aldea coseche la voz de la tendera, la mirada aviesa del cura y la labia sin fin del tratante de ganado. Intente no hablar mucho con la gente, recuerde que quiere ser usted escritor, por lo tanto no ha de andar por ahí confirmando que es usted medio imbécil.

Compruebe el contenido de la cesta. Si lo tiene todo puede pasar al punto siguiente, si no ha de dar regresar y cumplir escrupulosamente las indicaciones anteriores.

El segundo paso es darle sentimiento a la obra. Si conduce suba al coche y diríjase a la ciudad. Si no conduce, déjese de tanto quiero ser escritor y vaya a quitar el carnet ¡vago, más que vago!

Cuando llegue a la ciudad busque a un banquero y recójale la prepotencia, métala en la cesta.

Localice un funcionario y coséchele la desidia, métala en la cesta.

Ubique a un padre de familia y aráñele unos gramitos de su miedo, métalo en la cesta.

Encuentre a un proxeneta y tome un puñado generoso de su amor, métalo en la cesta.

De sentimientos ya basta, no sea que la obra quede cursi de más.

Regrese a su casa, pero aproveche el camino para recoger el canto nocturno de los gorriones, la peste a basura de los descampados y la temperatura del bidón metálico donde arde la hoguera de los vagabundos.

Cuando llegue a casa tome una cazuela y una cuchara de madera. Vierta medio litro de agua en el recipiente, una pizca de pimienta, cardamomo, nuez moscada, un par de hojas de laurel y sal al gusto. Diríjase entonces al escritorio, pose la cazuela en el tablero, cálcese sobre el gancho de la nariz sus horteras gafas de intelectual y con la cuchara de madera remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

¡Ya está! Ya ha cogido el punto. Ahora hay que esperar a que repose.

¡Pero no se quede ahí mirando como un pasmarote! Vaya a dar un paseo o a colgar la ropa, ¡que parece usted gilipollas!

Cuando el poso se hubiese formado en el fondo de la cazuela introduzca la cuchara en el líquido y pruébelo.

¡Asqueroso! ¿Verdad?

Eso es que la historia tampoco es muy buena. De todas formas no se preocupe demasiado. Le ha quedado un bodrio, sí, pero comparado con las porquerías que se leen por ahí adelante parece usted el mismísimo Garcilaso de la Vega.

Ahora que ya tiene el cuerpo de la obra falta el que es quizás el elemento más importante. El final. Opte por la opción que más le convenza. A continuación le indicamos algunos ejemplos a modo de referencia.

Un final feliz. Vivieron felices y comieron perdices.

Un final esperanzador. Poetas somos todos.

Un final inquietante. Carajo derecho no tiene respeto.

Pues, ¡ya está! Eso es todo. Tampoco era para tanto, ¿verdad? Ya tiene su historia de mierda debajo del brazo y ya puede ir por ahí adelante dándole el coñazo al mundo entero diciendo que por fin, y tras muchísimo sufrimiento, ES USTED ESCRITOR.

La jaula

La jaula. Autorretrato con pájaros. Vitoria Stagni

Si algún día

alguien construye una jaula

a tu medida

y te pide que entres en ella,

piénsalo bien.

Si decides entrar

ten en cuenta

que lo más normal

es que la puerta

se cierre detrás de ti.

Pero,

ante todo,

mantén siempre los ojos abiertos.

No hay cosa más ridícula

que ver a un pájaro

metido en una jaula

que tiene la puerta abierta.

De reojo

Autorretrato. Pablo Picasso

Soñaba mover los hilos invisibles,

mezclarse con esas gentes

que empujan a voluntad

el timón de la vida.

Cuidaba sus contactos

como si fuesen orquídeas

y jamás

mordía la mano que le daba de comer.

Sin embargo,

maltrataba a quien podía

y

miraba de reojo

a todo aquel

que ocupaba

su misma altura.

Acostumbraba tomar notas

por si algún día

le hiciese falta hablar

y

respondía sin dudar

a esas preguntas

que valen ascensos.

Se creía tan interesante,

tan instruido,

tan vehemente,

tan superior…

Se daba

tantos aires,

dios mío,

que no caía en la cuenta

de que no era más

que un trozo de mierda.

(Vive y deja vivir)

El árbol que soñaba volar

La jirafa en llamas. Salvador Dalí

A veces
cuando miro al cielo
me asombro un poco.


No te sientas mal por eso,
a todos nos pasa,
y no escuches a los pájaros
que trinan en tus ramas
su canto viejo y triste.
Tranquilo
¿ves?
ya están callando.


Amigo mío,
hunde tus raíces
y
ante todo
haz por no pensar
que la vida es un árbol
que sueña poder volar.

Michihito Matsuda puede prometer y promete

Propaganda electoral de Michihito Matsuda

El 15 de Abril de 2018 Michihito Matsuda,  candidato a la alcaldía del distrito de Tama, Tokio, Japón, logró el tercer puesto en las elecciones.

                De apariencia femenina y color plateado entre sus propuestas electorales Michihito Matsuda prometía gobernar con propuestas justas y equilibradas para todos, además de aumentar el nivel de vida de los ciudadanos y acabar con la corrupción.

                Michihito Matsuda tenía una particularidad. Era un androide, el primer robot que se presentaba a unas elecciones en el mundo. Su inteligencia artificial fue programada a imagen y semejanza de sus creadores. Dioses demiurgos que no se olvidaron de dotar a Michihito Matsuda de la muy humana cualidad de prometer aquello que jamás podría cumplir.

Crónica de un exterminio


Cráneos de bisonte americano

Antes de la llegada del hombre blanco a América se calcula que poblaban las praderas de Estados Unidos ochenta millones de bisontes.

              Uno de los más avezados exterminadores fue Buffalo Bill. En 1868 Buffalo Bill fue contratado como explorador del ejército y cazador para abastecer de carne de bisonte a los trabajadores de las obras del tren que uniría Kansas con el Pacífico. El hombre duro del oeste se jactaba de que podía abatir setenta animales por día, lo que suponía la nada desdeñable cifra de casi cinco mil bisontes por temporada de caza.

                Como pago a los servicios prestados en 1902 Buffalo Bill fue nombrado por el Gobierno de Estados Unidos responsable de la salvaguarda del bisonte en todo el territorio nacional. En aquel año, de los 80.000.000 de bisontes que había en América antes de la llegada del hombre blanco quedaba 1024 ejemplares.

El hombre que paría flores

El cargador de flores. Diego Rivera

Julius Kugy (1858-1944) fue un hombre excepcional. Alpinista, escritor, comerciante, botánico, explorador, filántropo, humanista, montañero, oficial, abogado. Durante toda su vida predicó el pacifismo y la coexistencia fraternal en pleno auge del nacionalismo en Europa. En la Segunda Guerra Mundial Kugy rescató a varios escaladores eslovenos del campo de concentración de Dachau y colaboró ​​con la resistencia partisana eslovena en Trieste.

Gran parte de su tiempo lo dedicó a buscar una misteriosa flor, la Scabiosa Trenta. Tal fue su obsesión que le escribió los más febriles versos.

La Scabiosa Trenta nunca existió, no fue más que un anhelo en la imaginación enfebrecida de Julius Kugy. Sin embargo, en su particular búsqueda de la belleza abrió más de cincuenta nuevas rutas en los Alpes Julianos, catalogó nuevas especies, hizo cumbre en picos ignotos y condujo a todo un ejército a través de las montañas negándose a empuñar un arma.