Receta infalible para escribir historias diversas

Si usted ha visto medrar en su interior la ilusión de ser escritor pero siempre anda diciendo, ¡es que no se me ocurre nada!, debe saber que hay una receta infalible para escribir historias diversas. Solo tiene que seguir los pasos que se enumeran a continuación. Así que, si usted tiene la ilusión de ser escritor pero siempre anda diciendo, ¡es que no se me ocurre nada!, sepa que ahora ya no tiene excusa.

Lo primero que ha de hacer es el trabajo de campo. Pues nada, ¡sencillísimo!, tome un cesto bien grande, caja o bolsa no valen, y vaya al campo.

Una vez haya llegado métase en un prado donde encuentre vacas o becerras, lo mismo da, y recójale el brillo de los ojos. Métalos en la cesta.

Siga caminando. Busque una oveja o una cabra, si no las encuentra también puede valer un puerco. Cuando tenga al animal localizado proceda a extraerle el movimiento insinuante, si es cabra o oveja, o torpón, si solo da con un cerdo, del culo. Métalo en la cesta.

Camine hasta un soto y recoja la caída de las hojas del otoño, el tacto de las bellotas de los robles, el olor de la mierda de las lechuzas, el brillo del sol entre las hojas y el arruar de un jabalí. ¡Las setas ni las toque!, que no le harán falta. Además, pueden ser venenosas. Recuerde que quiere ser usted escritor. Lo más probable es que no sepa nada más de la vida que hacer el pinga con sus pajas mentales y quejarse luego porque nadie le hace caso en internet.

Abandone el soto y acérquese a una aldea. Aproveche el camino para recolectar el sabor de los chupamieles de los muros, si no luego tendrá que dar la vuelta.

Cuando llegue a la aldea coseche la voz de la tendera, la mirada aviesa del cura y la labia sin fin del tratante de ganado. Intente no hablar mucho con la gente, recuerde que quiere ser usted escritor, por lo tanto no ha de andar por ahí confirmando que es usted medio imbécil.

Compruebe el contenido de la cesta. Si lo tiene todo puede pasar al punto siguiente, si no ha de dar regresar y cumplir escrupulosamente las indicaciones anteriores.

El segundo paso es darle sentimiento a la obra. Si conduce suba al coche y diríjase a la ciudad. Si no conduce, déjese de tanto quiero ser escritor y vaya a quitar el carnet ¡vago, más que vago!

Cuando llegue a la ciudad busque a un banquero y recójale la prepotencia, métala en la cesta.

Localice un funcionario y coséchele la desidia, métala en la cesta.

Ubique a un padre de familia y aráñele unos gramitos de su miedo, métalo en la cesta.

Encuentre a un proxeneta y tome un puñado generoso de su amor, métalo en la cesta.

De sentimientos ya basta, no sea que la obra quede cursi de más.

Regrese a su casa, pero aproveche el camino para recoger el canto nocturno de los gorriones, la peste a basura de los descampados y la temperatura del bidón metálico donde arde la hoguera de los vagabundos.

Cuando llegue a casa tome una cazuela y una cuchara de madera. Vierta medio litro de agua en el recipiente, una pizca de pimienta, cardamomo, nuez moscada, un par de hojas de laurel y sal al gusto. Diríjase entonces al escritorio, pose la cazuela en el tablero, cálcese sobre el gancho de la nariz sus horteras gafas de intelectual y con la cuchara de madera remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

Remueva…

¡Ya está! Ya ha cogido el punto. Ahora hay que esperar a que repose.

¡Pero no se quede ahí mirando como un pasmarote! Vaya a dar un paseo o a colgar la ropa, ¡que parece usted gilipollas!

Cuando el poso se hubiese formado en el fondo de la cazuela introduzca la cuchara en el líquido y pruébelo.

¡Asqueroso! ¿Verdad?

Eso es que la historia tampoco es muy buena. De todas formas no se preocupe demasiado. Le ha quedado un bodrio, sí, pero comparado con las porquerías que se leen por ahí adelante parece usted el mismísimo Garcilaso de la Vega.

Ahora que ya tiene el cuerpo de la obra falta el que es quizás el elemento más importante. El final. Opte por la opción que más le convenza. A continuación le indicamos algunos ejemplos a modo de referencia.

Un final feliz. Vivieron felices y comieron perdices.

Un final esperanzador. Poetas somos todos.

Un final inquietante. Carajo derecho no tiene respeto.

Pues, ¡ya está! Eso es todo. Tampoco era para tanto, ¿verdad? Ya tiene su historia de mierda debajo del brazo y ya puede ir por ahí adelante dándole el coñazo al mundo entero diciendo que por fin, y tras muchísimo sufrimiento, ES USTED ESCRITOR.

A %d blogueros les gusta esto: