El clasificador de estrellas

Como cada noche alzó la vista al cielo y encontró los astros temblorosos. Paseó la mirada por los luceros hasta que, de repente, le pareció distinguir la figura de una serpiente en una agrupación de estrellas.

¿Por qué a nadie se le ha ocurrido antes llamarle Serpiente a ese grupo de estrellas? Pensó.

Entonces quedó maravillado con su propia idea. Si él era el primero en ponerle nombre a los astros su obra quedaría grabada para siempre en el recuerdo de las generaciones. Tenía la inmortalidad al alcance de la mano, con la gran responsabilidad que esa oportunidad suponía. Solo debía ser capaz de aprovecharla.

Está bien, se dijo, tranquilízate. Esta es la serpiente, pero quedan muchas otras. Tienes una enorme labor por delante.

Tomó cuaderno y bolígrafo y comenzó a dibujar las formas que le sugerían las estrellas, para después anotar al lado el nombre de la constelación con letra solemne y severa.

Así fue haciendo, escrutando el cielo en busca de formas. Encontró un perro, así que le llamó Perro. Y después encontró otro perro, aunque más chico. Quiso llamarle Perro Chico pero le sonó demasiado infantil, así que dejó en blanco el espacio reservado al nombre de la constelación y continuó trabajando en su proyecto. Encontró un buey y su boyero, un par de osas, un carnero, unos peces, una cabellera y una diadema. Entonces pensó que algo no iba bien. Si quería que su obra realmente trascendiese, que se clavase con fuerza en el árbol de la historia, debería encontrar unos nombres más altisonantes en lugar de aquella abominación de animales varios y objetos de aseo.

A punto estuvo de romper el folio, sin embargo no lo hizo porque escrutó el cielo y distinguió en el este la claridad del alba arañando el firmamento. No había tiempo para empezar de nuevo. Tenía que acabar aquella misma noche, no fuese que a alguien más se le ocurriese buscarle nombre a los astros y le robase su añorada gloria.

Pensó que si caminaba ligero hacia poniente le ganaría tiempo al amanecer. Así lo hizo, apuró sus pasos hacia el oeste mientras contemplaba la bóveda celeste repleta de formas.

Ahí hay un labriego podando las viñas, se dijo, lleva un atado de bridas en el cinto y una tijera en la mano. Ansioso anotó la palabra labriego en el cuaderno, pero enseguida la tachó. Labriego no era un término de categoría para una clasificación que aspiraba a trascender la muerte del olvido. Se llevó el bolígrafo a los labios mientras pensaba alguna forma más elevada de llamar a aquel campesino que recortaba los sarmientos del cielo. Entonces le vino un nombre a la cabeza, rápido y certero como un disparo.

¡Orión! Eso es, el cazador de invierno.

Ese sí que era un nombre adecuado. Satisfecho anotó su creación con trazos orgullosos, ahora la humanidad sería consciente de su talento y de su sabiduría.

A continuación vino Pegaso, Centauro, Hércules, Casiopea… y así fue completando el mapa mientras caminaba a grandes zancadas escapando del amanecer. Atravesó montañas y praderas, fronteras y ciudades, sin ver siquiera dónde posaba los pies.

Rebuscó entre las estrellas y encontró claramente la figura de un cantero labrando un sillar.

¿Cantero? Dudó. No, no es palabra digna de mi obra. Mejor le llamaré escultor.

Aunque aquel término le pareció mejor no acababa de convencerlo. El quería, ansiaba mostrar su valía, que las generaciones futuras adorasen su obra y añorasen su presencia.

¿Escultor? Caviló. Escultor… No, no, no. Se rascó la coronilla y entonces dio con la respuesta. ¡Sculptor!

¡Eso es! Se dijo. Ahora sí, ahora todo el mundo quedará maravillado con mi dominio de las letras y las palabras.

Totalmente orgulloso de sí mismo continuó caminando a pasos gigantescos mientras escribía nuevas anotaciones. Ophiucus, Eridanus, Cetus, Equuleus… hasta que, casi sin darse cuenta, llegó al fin del mundo.

Sorprendido miró en derredor y otra vez al cielo. Había puesto nombre, en una sola noche, a todas las estrellas del firmamento. A todas menos a la pequeña cruz que rutilaba tímidamente sobre su cabeza.

Esta es la última, pensó. Le daré un nombre sencillo para que nadie me tome por un arrogante.

Al principio quiso llamarle Azada, pero enseguida cambió de idea porque tampoco quería que lo tomasen por un paleto. Dudaba, no le venía nada a la cabeza, así que decidió tomárselo con calma. Se tumbó sobre la hierba perlada de rocío y contempló lo distantes astros.

¿Por qué no Cruz del Sur? Se dijo.

Aquel nombre le convenció, no era pedante ni simplón, era sin duda la guinda perfecta para coronar una obra tan magna.

Totalmente satisfecho anotó el nombre, posó el cuaderno sobre la hierba, cruzó las manos bajo la nuca y se dispuso a contemplar su obra.

Era perfecta, talentosa, insuperable. Ningún hombre, nunca, jamás, podría clasificar los astros de aquella manera tan precisa. Los nombres estaban escritos en la eternidad, serían recordados hasta el fin de los días. Ni las estrellas, altivas y arrogantes, habían podido superar a su ingenio.

Entonces vio una estrella fugaz encenderse y apagarse efímera en la noche. Un instante después dos lágrimas, pequeñas y temblorosas como astros, brotaron de sus inconsolables ojos.

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